Roberto Paveck: No controlamos la geopolítica, pero sí podemos controlar nuestro nivel de preparación


Roberto Paveck es  economista y académico, especialista en innovación y en gestión de puertos, además de columnista de PortalPortuario


La escalada del conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel tiene el potencial de ir mucho más allá de otro episodio de tensión en Medio Oriente. Es un movimiento capaz de reordenar flujos energéticos, presionar cadenas logísticas y redefinir precios globales. Cuando potencias militares chocan en una de las regiones más estratégicas del planeta, el impacto rápidamente supera el ámbito diplomático y llega a los mercados, a los puertos y, finalmente, al bolsillo de la población.

Irán ocupa una posición central en este tablero, tanto por sus reservas como por su ubicación geográfica junto al Estrecho de Ormuz, el principal corredor de salida del petróleo del Golfo Pérsico. Por allí circula cerca del 20 por ciento del crudo consumido en el mundo. Eso significa que cualquier ruido, incluso sin una interrupción real del flujo, ya es suficiente para elevar la prima de riesgo y empujar el precio del barril.

Y no se trata solo de petróleo. Irán también es un exportador relevante de fertilizantes nitrogenados, como la urea, cuya producción depende fuertemente del gas natural. En un escenario de nuevas sanciones o de mayores costos de flete marítimo, el impacto llega al campo, encarece la producción agrícola y alimenta presiones inflacionarias que luego se encadenan en toda la economía.

Aunque esté lejos del epicentro, América Latina no está aislada. La volatilidad llega a través de los precios internacionales, se transmite al tipo de cambio y rápidamente encarece combustibles y transporte. Para economías basadas en la exportación de bienes primarios como soja, maíz, mineral de hierro y proteína animal, el efecto es directo. Son cadenas intensivas en energía y logística, donde cualquier variación externa reduce márgenes y aumenta la exposición a shocks globales.

Frente a una situación que no creamos, pero cuyos efectos nos alcanzan de lleno, la pregunta es qué hacemos. Así como las fuerzas militares revisan doctrinas, capacidades y cadenas de suministro en momentos de tensión, nosotros también deberíamos usar esta turbulencia como punto de inflexión para acelerar una agenda estratégica que en tiempos normales avanza con más lentitud.

En el corto plazo, eso implica mejorar la eficiencia logística con medidas prácticas: reducir trabas burocráticas, estandarizar el flujo de información, simplificar procesos aduaneros, profundizar la digitalización portuaria y coordinar mejor los distintos modos de transporte. Son acciones que no dependen de grandes obras, sino de gestión e integración, y que evitan que los shocks externos se amplifiquen internamente.

En el largo plazo, el desafío es invertir de manera consistente en infraestructura crítica para mover carga a menor costo y con mayor previsibilidad. Eso significa ampliar y modernizar puertos, ferrocarriles, hidrovías y carreteras estratégicas, fortalecer la capacidad de almacenamiento, mejorar accesos terrestres y garantizar seguridad energética. Las economías dependientes de exportaciones primarias seguirán siendo sensibles a la volatilidad global, pero pueden reducir su vulnerabilidad si su estructura logística interna es más eficiente y competitiva.

Los conflictos en Medio Oriente siempre han tenido repercusiones internacionales. La diferencia hoy es la velocidad casi inmediata de los impactos. La economía mundial sigue dependiendo de corredores geográficos sensibles y eso no cambiará pronto. Para América Latina la lección es clara: no manejamos la geopolítica, pero sí podemos decidir qué tan preparados estamos, porque en un entorno internacional inestable, la infraestructura eficiente deja de ser una ventaja y pasa a ser una condición básica de resiliencia económica.


 

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