Juan Carlos Paz: Dragado con propósito y cómo Salaverry puede ayudar a restaurar las playas y el borde costero de Trujillo


Juan Carlos Paz Cárdenas es Marino Mercante, especialista en puertos y transporte, expresidente de la Autoridad Portuaria Nacional del Perú y columnista de PortalPortuario


Antes de ser puerto, Salaverry era la Garita de Moche. Y antes de ser considerado un proyecto de infraestructura, fue una decisión política. En efecto, en 1952, la Comisión Yung —órgano técnico del Estado— recomendó construir el gran puerto del norte en Pacasmayo, mejorando únicamente los muelles en Salaverry y Eten. Pero las gestiones de las élites trujillanas de la época inclinaron la balanza hacia Salaverry, que terminó recibiendo la inversión, pero sin completar el diseño original. Y fue así como el puerto que se construyó nació incompleto y sin una mirada sistémica del litoral. El resultado fue el inicio de una erosión que hasta hoy no se detiene.

Un puerto que se llena solo

El flujo costero en esta parte del país arrastra millones de metros cúbicos de arena cada año. Pero desde que se construyó el rompeolas sin obras de retención ni sistemas de bypass, Salaverry se convirtió en un puerto de lanchonaje con sobrecostos permanentes. Fue cerrado en 1981, en plena “batalla contra la arena”, y desde entonces se convirtió en uno de los terminales más costosos de operar para la Empresa Nacional de Puertos – ENAPU.

Aún hoy, el dragado no da tregua: cerca de 1,7 millones de m³ anuales deben extraerse para mantener operativo el canal de ingreso.

De carga pública a concesión binacional

En 2018, el puerto fue adjudicado a Salaverry Terminal Internacional (STI), empresa de capitales peruanos y estadounidenses en partes iguales. A partir de entonces, las operaciones ganaron eficiencia, la infraestructura se modernizó y el terminal dejó de ser una carga para el Estado, consolidándose como un nodo logístico relevante en el norte del país.

Sin embargo, lo que se resolvió en el ámbito portuario siguió siendo una herida abierta para Trujillo y sus playas norteñas, incluida Huanchaco, joya turística de valor mundial. El avance del mar, alimentado por décadas de erosión acumulada, ha destruido viviendas, colapsado infraestructura urbana y obligado a cientos de familias a abandonar lo que antes era su frente costero natural. A pesar de los avances en la gestión portuaria, el impacto sobre el entorno urbano y social continúa sin una solución estructural.

Arena que va y no vuelve

Desde 2015, se han dragado más de 19 millones de m³ de arena limpia y no contaminada, con características adecuadas para ser reutilizada. Pero durante años, esa arena ha sido vertida mar adentro, perdiéndose la posibilidad de regenerar el borde costero, que ya ha sido objeto de 7 decretos de emergencia, pero sin soluciones de fondo.

Una solución comienza a gestarse

El concesionario STI ha decidido involucrarse de forma proactiva: ha financiado un nuevo Estudio de Impacto Ambiental por USD 600 mil, para lograr la autorización de vertimiento en una zona mucho más cercana a la costa. Si se aprueba antes de fin de año, pronto podría iniciarse un vertimiento progresivo de arena como herramienta paliativa de regeneración y estabilización del borde costero.

¿Por qué importa esto?

Una playa no es un lujo paisajístico, sino economía, identidad colectiva, sustento para cientos de familias y parte del espacio público que la Constitución protege como bien común, inalienable e imprescriptible, y el caso de Salaverry es una historia que deja lecciones que el país no puede seguir postergando: las obras mal concebidas generan costos por décadas, los pasivos ambientales de infraestructura mal planificada afectan vidas reales, el involucramiento genuino del concesionario no solo es deseable sino imprescindible, y la ciudadanía organizada y paciente puede convertirse en una aliada clave del desarrollo.

El Puerto de Salaverry tiene hoy una oportunidad histórica: convertirse en parte de la solución que alguna vez contribuyó a generar. Y Trujillo, por fin, podría empezar a recuperar su frente costero con la misma arena que el mar arrastró durante décadas —y que hoy, gracias al compromiso conjunto, podría volver a la playa.


 

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